La Señora Tuvo Trillizos y Ordenó a Esclava Desaparecer al Más Oscuro: Un Relato de Intriga y Desesperación en Veracruz

En la madrugada del 19 de marzo de 1786, la hacienda San Jerónimo, ubicada en las tierras cálidas de Veracruz, se convirtió en el escenario de un acontecimiento extraordinario que cambiaría el destino de una familia y revelaría las tensiones raciales de la época. El aire estaba impregnado de aromas a caña de azúcar quemada y tierra roja, mientras dentro de la casa principal, la señora María Josefa de Montemayor y Cervantes se preparaba para dar a luz a trillizos.

El Parto y la Revelación

María Josefa, de solo 26 años, se encontraba en un estado de angustia. Con su cabello castaño oscuro deshecho y su rostro empapado en sudor, gritaba de dolor y pánico en el cuarto principal. La partera, doña Socorro Velázquez, una mujer experimentada, intentaba calmarla mientras las contracciones se intensificaban. Cuando finalmente nacieron los tres bebés, el llanto de los dos primeros resonó en la habitación, pero el tercero llegó en silencio, creando una atmósfera tensa.

Cuando doña Socorro mostró al recién nacido a María Josefa, la reacción de esta fue de horror absoluto. El bebé tenía la piel mucho más oscura que la de sus hermanos y presentaba rasgos africanos. “¡Saque eso de aquí!”, ordenó María Josefa con una voz temblorosa de repulsión. La partera, sorprendida y preocupada, intentó convencerla de que el niño estaba sano, pero la señora, consumida por el miedo al juicio social, insistió en que se deshicieran de él.

La Decisión de Petrona

En la cocina de la hacienda, Petrona, una esclava de 40 años, escuchó la llamada urgente de doña Socorro. Al llegar al cuarto principal, se encontró con la partera sosteniendo al bebé envuelto en paños manchados de sangre. “Llévelo lejos”, le susurró doña Socorro con voz quebrada. Petrona, sintiendo el peso de la vida del niño en sus manos, supo que debía actuar.

Petrona había vivido una vida llena de sufrimiento. Había perdido a su madre durante la travesía en barco desde África y había visto morir a su primer esposo y a dos de sus hijos. La idea de dejar morir a un niño inocente la desgarraba. Así, tomó la decisión de proteger al bebé, sabiendo que esto podría costarle la vida.

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La Huida

Con el niño en brazos, Petrona salió de la hacienda, cruzando el patio y sintiendo el peso de su decisión. Caminó durante horas, con los pies descalzos sangrando, hasta llegar a un jacal abandonado, un lugar donde podría esconder al niño. Allí, en medio de la soledad y el silencio, prometió protegerlo. Llorando, sintió que algo dentro de ella se rompía y, al mismo tiempo, algo nuevo comenzaba a formarse: una promesa de rebelión silenciosa.

Petrona sabía que si regresaba con el niño, la señora María Josefa la haría pagar con su vida. La crueldad del mayordomo de la hacienda, don Blaz Ramírez, era bien conocida. Había mandado azotar a muerte a una esclava por un robo que nunca había cometido. La historia de Juana resonaba en su mente, y el recuerdo de su muerte la impulsó a seguir adelante.

El Regreso y la Mentira

Antes del amanecer, Petrona regresó a la hacienda, aún con el peso de su decisión en el corazón. Al entrar, se encontró con don Francisco Javier de Montemayor, el esposo de María Josefa, quien había llegado antes de lo esperado. Con ansiedad, preguntó por el nacimiento de sus hijos. Petrona, temblando, se escondió detrás de la puerta de la despensa, consciente de que todo dependía de su próxima acción.

Doña Socorro, al cruzarse con don Francisco, le informó que habían nacido tres niños varones. La alegría del padre fue evidente, pero al entrar al cuarto principal, solo vio a dos bebés. María Josefa, con una actuación convincente, le dijo a su esposo que el tercer bebé había muerto al nacer. Este momento fue crucial para preservar el honor de la familia Montemayor, una de las familias fundadoras de la Nueva España, que no podía permitirse el escándalo de una mezcla de sangre que mancharía su linaje.

La Conclusión

La historia de María Josefa, Petrona y el niño desaparecido es un reflejo de las tensiones raciales y las injusticias de la sociedad colonial de la época. En un entorno donde la apariencia dictaba el valor de una vida, las decisiones tomadas en la oscuridad de la noche revelan las complejidades de la humanidad y la lucha por la dignidad. La valentía de Petrona al desafiar las órdenes de su ama y proteger al niño se convierte en un acto de resistencia que resuena a lo largo del tiempo, recordándonos la importancia de la empatía y la lucha contra la opresión.

Este relato, aunque ficticio, nos invita a reflexionar sobre la historia y sus repercusiones en la actualidad, así como sobre la necesidad de reconocer y enfrentar las injusticias que persisten en nuestras sociedades. La historia de la hacienda San Jerónimo y sus habitantes es un recordatorio de que, a pesar de las circunstancias, siempre hay espacio para la resistencia y la esperanza.